Mitos y Leyendas - Galicia: Cuando el tiempo se detuvo (el abad de Armenteira) - 1ª parte
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Mitos y Leyendas

GALICIA

Cuando el tiempo se detuvo (el abad de Armenteira) - 1ª parte


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aprichoso al fin es el viejo cronicón, que todo lo relata, y todo lo precisa, respecto de un caballero medieval, guerreador primero, piadoso más tarde, santo para siempre, y sin embargo olvida, quién sabe si deliberadamente, qué avecilla fue la que con la delicia de su canto, le hizo perder la noción del tiempo hasta entretenerlo por tanto y tan dilatado, que no ha sido posible determinar si se trata de dos siglos, tres centurias o todo un milenio.

Tiene nombre el relator: Fray Dionisio de Duarte, prior y archivero que fue del monasterio cisterciense de Santa María de Armenteira, en la hoya del monte Castrove, a poco más de tiro de piedra de donde las tierras del Salnés, impregnadas de aromas de leyenda, reciben, o acaso únicamente presienten, salitrosos aromas marinos, del Atlántico remansado que abraza la ría de Pontevedra.

Lo contó allá por el primer cuarto del siglo XVII, cuando el orensano Antonio de Puga se ejercitaba en pintar escenas de género y en las Españas se leían las aventuras de un caballero manchego cuyo autor, tal vez de origen gallego, hacía poco que había entregado su alma a Dios.

No sabemos si conocía los versos pergeñados por el sabio rey Alfonso el deceno, quien encomienda al angélico distraído a María diciéndole: "Que Virgen ben servirá...". Lo que sí es seguro es que en su relato se basaron el gran don Ramón del Valle Inclán, y el maestro Filgueira Valverde, y la dulce Rosalía de Castro, y el muy sabidor Hipólito de Sa. Y tantos otros. Porque la historia, la legendaria historia, y no es paradoja, bien merece ser conocida y perpetuada.


Cantigas de Santa María, de Alfonso X, en las que se relata el milagro de San Ero

Había muerto ya el burgalés de pro llamado Rodrígo Díaz de Vivar y era también despojo en hermoso sepulcro el monarca con quien osó disputar, Alfonso VI. Ceñía la corona el séptimo de ese nombre, quien ya se hacía llamar El Emperador.

En su corte tenía a un caballero galaico de nombre latinizado, Erus Armentaris. De la mayor confianza del monarca debía ser, puesto que ostentaba el cargo de mayordomo. No constan sus hazañas bélicas, que probablemente duermen en algún cronicón no explorado. Lo cierto es que por sí mismo y por sus servicios a la corona, en tan ajetreadas calendas, era poseedor de vastas tierras en abruptas zonas de su país de origen.

Y un día, justo cuando mediaba la centuria duodécima de la era cristiana, el señor de Armentaris decidió abandonar cimera, loriga, peto y espaldar para meditar sobre la vida definitiva, que no es la efímera terrena que con tanto boato discurría para él. Algún arcón de taraceas mudéjares guardaría los arneses, que al cabo de poco, nieblas y humedales reinantes cubrieron de orín en cualquier rincón de la fortaleza de su heredad.

Don Erus dialogó con su esposa, dama a la que presumimos bella, de mirada glauca, rostro afilado, cejas finas y una dulce y argentina voz muy reposada. Ambos decidieron dedicar sus vidas a Dios en la oración, retirados en las anfractuosidades del Castrove, fraga espesa cuajada de accidentes, donde en las largas invernías grises aullaba el lobo y se ejercitaban los caballeros en el noble arte de la cetrería.

El Císter estaba ya en este occidente de la Europa que nacía. Contaba con cenobios en Oseira, Melón, Acibeiro, Sobrado, Meira. Era famosa la austeridad de la regla del monje de Claraval, en rígida observancia y dejación absoluta de cuanto supusiera mundanidad.

Escuetas y firmes las arquitecturas de sus templos, al tiempo casas de Dios y fortalezas, que nunca se sabía cuándo la morisma iba a recobrar lo que los reyes cristianos les habían arrebatado con tan denodado esfuerzo e intensa fe.

El caballero entró en contacto con los monjes de la escueta cogulla, quienes convencidos de la sinceridad de sus propósitos, le permitieron fundar un cenobio en las posesiones y heredades que donaba a tal fin, sin reserva alguna, porque desnudos nacimos y de igual condición hemos de presentarnos ante quien decide para la eternidad.


Rosetón del Monasterio de Armenteira

Pocos hermanos constituyeron la primera comunidad. Como eran extranjeros, hablarían en romance para lo cotidiano y reservarían el latín, noble lengua de la Iglesia, para las solemnidades litúrgicas, entonces tan frecuentes. Erus, Erón, Ero al fin, demostró tan excepcionales cualidades y condición tan firme y humilde a un tiempo que fue elegido primer abad de la nueva comuna religiosa.

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