e suele describir muchas veces el siglo XVII por oposición a lo que
fue el renacentista siglo XVI. Y en buena medida es cierto: frente
al universalismo del Renacimiento se coloca el individualismo del
Barroco; frente a su optimismo con matices panteístas está el
característico pesimismo barroco, etc..
Pero el barroco no es una simple negación del renacimiento; más bien
se trata de una derivación o evolución de él, consecuencia de las
nuevas condiciones sociales, políticas, económicas y religiosas. De
hecho, muchas formas y temas literarios se continúan: las estrofas
italianas introducidas en el Renacimiento son las mismas que
utilizarán diestramente los escritores del XVII, y los temas y
motivos (sobre todo los mitológicos) son también comunes; igualmente
continúan algunas formas novelescas.
Sin embargo, lo que cambia es la actitud, el tratamiento que los
autores dan a temas y géneros. El pesimismo, la burla cruel, la
caricatura o la evasión por uno u otro camino de una realidad que no
gusta, junto a un esteticismo a ultranza, son las notas más
destacadas de la literatura barroca, que presenta dos líneas u
orientaciones artísticas principales: el culteranismo y el
conceptismo.
Como todas las clasificaciones, ésta no tiene una tajante
separación; se trata de dos formas de enfrentarse a la creación
literaria, que a veces pueden llegar a convivir en un mismo autor,
aunque con predominio de una u otra. El culteranismo (o gongorismo)
es el interés predominante por la forma: el mensaje literario ha de
tener una forma propia, minoritaria y muy trabajada, sin que el
mensaje en sí importe tanto. El conceptismo es la orientación
contraria: es el concepto, la expresión de las ideas, lo que ha de
predominar, sin que la forma tenga que complicarse inútilmente.
Una característica importante del barroco literario español es su
interés por lo popular, que convive en los propios autores que
preconizan una literatura culta y minoritaria. En este sentido, el
mundo medieval proporciona formas (el romance, por ejemplo) y temas
(sobre todo en el teatro), que, aunque no habían estado ausentes de
la literatura renacentista, cobran ahora nueva vida y adquieren un
importante desarrollo.