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Historia y Arte
EL SIGLO XX
Las manifestaciones
artísticas -
2ª parte |
Arte y sociedad (continuación)
a relación arte-sociedad ofrece, en el siglo XX,
novedades de interés en relación con la función social del arte y del
artista. Durante la primera mitad del siglo y en lo que se refiere a la pintura
y la escultura, los creadores pretendieron dar respuestas estéticas a los
problemas del momento histórico que les había tocado vivir. Surgieron así las
denominadas "vanguardias históricas"que, con frecuencia, hicieron su aparición
a través de manifiestos.
El denominador común de estos movimientos fue su
carácter de ruptura con el pasado y su intención destructora de todo tipo de
cánones, aunque sus propios manifiestos supusieron el establecimiento de cánones
nuevos. Como es fácil suponer, estas vanguardias produjeron un arte de minorías
con poca trascendencia para el gran público.
Ahora bien, a partir de la Segunda Guerra Mundial, coincidiendo con el
desarrollo de los medios de comunicación de masas y con la aparición de nuevas
tendencias más fácilmente asequibles por estar menos intelectualizadas y por
tener como referente una realidad más próxima, se ha producido una difusión de
ciertas manifestaciones artísticas que permite hablar de un arte de masas mucho
más involucrado en la vida cotidiana.
Paralelamente, en el mundo occidental desarrollado, el aumento de los niveles
de vida y cultural, la creación de galerías, museos y salas de exposiciones así
como la movilidad por todo el mundo de las grandes colecciones de arte, han
permitido el acceso a la cultura artística a capas sociales cada vez más
amplias. En este contexto la difusión del arte a través de reproducciones en el
caso de la pintura y de múltiples (copias a partir de un molde) en el de la
escultura, es, desde hace años, una fórmula corrientemente empleada.
Todo ello no ha impedido que el arte haya pasado a ser en el mundo actual,
objeto de inversión en una economía de mercado donde la originalidad, entendida
en el doble sentido de obra original y de obra innovadora, es el criterio que da
valor a la mercancía artística. De este modo, el artista de nuestro tiempo, no
sujeto ya ni a la autoridad de los gremios de artesanos-artistas, ni a la de las
academias de arte, aparece como un ser privilegiado que es encumbrado por el
genio personal y único de su arte, que gestionan los marchantes, los galeristas
e incluso las grandes compañías inversoras.
Por lo que respecta a la arquitectura, su vinculación al mundo técnico y la
ineludible necesidad de sus realizadores, han hecho de ella un arte industrial
que, desde comienzos de siglo, se ha visto muy unido al concepto de diseño. De
este modo, la arquitectura aparece como el resultado de unir a la necesidad
pragmática la idea de cierta belleza de formas, sin que ello implique,
necesariamente, la descalificación de la obra como producto artístico.
Con la arquitectura del siglo XX lo que sucede es que se produce una profunda
transformación a partir del predominio de lo funcional sobre lo ornamental y de
la consiguiente búsqueda de valores estéticos basados en lo estructural y no en
lo adicional. De este modo, los arquitectos, obligados a dar solución a
problemas técnicos y a cuestiones de utilización práctica que suponen incluso
trabajar con una cierta economía de medios, buscan la belleza a partir de los
conceptos de volumen, de distribución de espacios, de ritmo o de proporción, es
decir, en todo aquello que constituye la esencia misma de la arquitectura.
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