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Historia y Arte

LA ALTA EDAD MEDIA

Antecedentes históricos: el feudalismo - 3ª parte

 


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El Imperio Carolingio y el S. I. Romano Germánico (continuación)


 

ras la desaparición del Imperio carolingio, la idea de un imperio de la cristiandad fue de nuevo una realidad (durante 40 años) con la dinastía de los Otones. Estos príncipes germanos, desde que Otón I fue coronado emperador en el 962 hasta que en el 1002 murió Otón III, dirigieron el llamado "Sacro Imperio Romano Germánico".

A partir de ese momento, las continuas luchas por el poder y la presencia de nuevos grupos invasores (musulmanes por el sur, normandos por el norte y húngaros por el este) hicieron que Europa occidental se fraccionara políticamente y se sumiera en un clima de inestabilidad. Los reyes no llegaron a desaparecer, pero la pérdida de su prestigio y de su capacidad defensiva ante las correrías de vikingos y húngaros, hizo que la población buscara la ayuda de los antiguos condes y de la nobleza aún capaces de controlar unos territorios más reducidos de los que pronto se sintieron dueños y que transmitirían hereditariamente.

Nacía así un nuevo tipo de organización política, social y económica, el feudalismo.

Principales rasgos del mundo feudal


Todo el desarrollo histórico que condujo a la aparición del feudalismo fue creando los rasgos definitorios del mismo. Así, esta etapa estuvo marcada por una intensa ruralización y, por lo tanto, con una economía autárquica y cerrada en la que apenas existía comercio. Desaparecidas las ciudades, también desaparecieron los mercados y, de una economía monetaria, se pasó a una de trueque para los pocos intercambios que se producían.


El feudo estaba formado por tierras de labor, generalmente muy extensas, que rodeaban la mansión o castillo en que residía el señor feudal. Ilustración de Las muy bellas horas del duque de Berry

La inestabilidad política generada por las invasiones y por la falta de un poder central fuerte trajo consigo la atomización del poder en manos de un sinnúmero de señores feudales, a los que se acogió la casi totalidad de la población mediante un sistema de lazos personales. La búsqueda de seguridad extendió ese sistema de vínculos personales a los propios señores, dando lugar a una escala de dependencias a veces confusa y por lo general anárquica.

Esta fragmentación del poder llevó a la Iglesia a un primer plano, al ser el único elemento de unión entre toda la cristiandad occidental. Fuertemente jerarquizada, pronto se decidió a participar del poder político a través de sus abadías y obispados, desde los que mantenía su poderosa influencia. La sociedad se impregnó de una fuerte religiosidad reforzada por la presencia de infieles (vikingos, musulmanes o húngaros) y por el creciente temor a la llegada del año mil, en el que se suponía habría de producirse el fin del mundo.

Todo ello condujo a una estructura social enormemente rígida en la que unos pocos, los señores y los clérigos, se ocupaban de la guerra (defensa) y de la oración (salvación), mientras que la gran masa de la población, agricultora (única clase productora), debía ocuparse de mantener a los otros dos grupos. Se estableció así un orden que pronto llegó a considerarse natural y que favorecía un profundo estatismo que tardó en superarse varios siglos.

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