Razones para el Anticapitalismo: Ignorancia, Arrogancia, y Envidia

Por Tyler Durden  Traducción: Armando Soler Hernández

Por Richard Ebeling, de la Fundación Futuro de Libertad

 

¿Por qué la libre empresa o el sistema económico capitalista  son tan ampliamente rechazados, odiados y enfrentados? 

Dado el éxito de la competitiva economía del mercado para “entregar bienes,” esto resulta algo así como una paradoja. Un sistema económico que radicalmente redujo, o incluso en algunas instancias virtualmente eliminó la pobreza,  que creó  amplias oportunidades disponibles para la mejora personal, social y material, y  abolió sistemas tradicionales de privilegio político, saqueo y ambiciones de poder, todavía es considerado por muchos un sistema social malo e injusto.

 

Debería pensarse que la economía de mercado sería aclamada como la institución social más importante en toda historia humana con la que la humanidad se topó accidentalmente. No nos olvidemos de que en la mayor parte de esa historia de a humanidad,  la condición general de la vida del hombre fue, utilizando una famosa frase del filósofo británico Tomás Hobbes, “pobre, sucia, brutal y corta.”

 

La Transformación desde la Pobreza a la Libertad y la Abundancia

La humanidad vivió por miles de años a un nivel de existencia que estaba al nivel, o a veces incluso por debajo, de la simple subsistencia. Las imágenes que  todavía se muestran en nuestras pantallas de televisión de niños hambrientos, enfermos y aparentemente  sin esperanza en lo que se solía  denominar países del “tercer mundo”, con  llamados a donaciones caritativas para salvar esas jóvenes vidas, de hecho hace solo dos siglos fueron condición general para la inmensa mayoría de los seres humanos en todas partes alrededor del globo.

Pero tales circunstancias fueron disminuyendo en grado y extensión en un creciente número de sitios  en el mundo, arrancando el siglo diecinueve primero en Europa Occidental y América del Norte, luego en áreas fuera de “ Occidente” en el siglo veinte, y ahora en el siglo veintiuno en más y más partes de Asia y África y Latinoamérica. No es imposible suponer que antes de que  finalice el siglo veintiuno, para prácticamente todo el género humano la pobreza abyecta muy bien que podría ser algo del pasado.

Lo que hace posible este proceso transformativo durante los últimos dos o trescientos años  – un parpadeo en términos de todo el tiempo que los seres humanos estamos en este planeta – fue una filosofía política del individualismo y un sistema económico basado en  el mercado y las relaciones orientadas. La idea y espíritu de individualismo presagiaron un desplazamiento cultural que apartó a la sociedad de una visión en la que el ser humano individual era un objeto de control, manipulación y sacrificio para beneficio de un grupo colectivo mayor o la tribu. Y que un individuo tuviera derecho a vivir pacíficamente para sí mismo, y buscar lo que él considerara estaría en su mejor interés para sí y para aquellos por los que se preocupara. La esclavitud y el vasallaje fueron reemplazados con la creencia de que la sociedad humana debería basarse en el mutuo beneficio mediante el intercambio voluntario.

La nueva ciencia de la economía política, simbolizada por la publicación y creciente impacto de la obra  La Riqueza de Naciones   (1776), de Adam Smith, atrajo la atención  al hecho de que la libertad, la paz, y la prosperidad a través de las instituciones de la economía de libre mercado podían estar combinadas con implementar el propio interés personal  a  la simultánea mejoría de otros. Como si fuera por una “mano invisible,”  avanzar en las propias circunstancias de uno también traería consigo una mejora en las condiciones de esos con quienes uno interactuaba en una arena de oferta y demanda competitiva.

 

A pesar del asombroso éxito de  las economías de mercado, funcionales en ampliar la libertad y prosperidad para ahora billones de personas en esta pelota azul dando vueltas en el espacio alrededor del sol, dondequiera que existe el capitalismo continúa siendo criticado y condenado en uno u otro notable grado. ¿Por qué?

 

El Anticapitalismo surge de la Ignorancia sobre la Economía

Me gustaría resaltar al menos tres de las razones para la persistencia de los discursos y actitudes anticapitalistas. Son la ignorancia, la arrogancia y la envidia.

La primera y más común razón entre un gran número de personas en la sociedad es la ignorancia sobre la naturaleza, lógica y  cómo trabaja una funcional y competitiva economía de mercado. La mayor parte de las personas raras veces reflexionan sobre el cómo y por qué de lo que le trae la calidad material y cultural de vida todos los días, especialmente como se experimenta en América del Norte y la mayor parte de Europa. Está dado por descontado que todos esos bienes y servicios aparecen regularmente todos los días en las tiendas y almacenes frecuentados, o como en el presente, simplemente son ordenados  online y entonces, en un cortísimo período de tiempo, aparecen en el umbral de  nuestros hogares.

Ni muchas personas entienden cuán fácilmente pueden hacerse presentes los efectos desfavorables de diversas políticas de gobierno. ¿Por qué no hay una ley de salario básico? ¿No debería tener todo el mundo un “salario de subsistencia,” un salario “justo” para una vida decente? Requiere cierto esfuerzo seguir a lo largo de varias concatenaciones de lógica para apreciar en toda su dimensión que regular artificialmente el salario por hora por encima de donde un mercado competitivo lo hizo o establecería, puede dar como resultado el desempleo de aquellos cuyas habilidades laborales en el lugar de trabajo pueden ser consideradas como de menor valor para un empleador existente o  futuro que lo que el gobierno exige se les debe pagar. Así, un salario mínimo puede dejar fuera del mercado laboral  precisamente a una parte de esas personas para los que tal legislación fue diseñada para ayudarles. Por consiguiente, su nivel de vida y su vida misma pueden estar empeorando, cualquiera  fueran las “buenas intenciones” de los defensores de salario básico. (Vea mi artículo, “La Libertad y el Salario Básico”.)

 

Ni siempre entienden las personas que tratar de mantener trabajos y negocios domésticos mediante tarifas proteccionistas, las que incrementan el costo de importar diversos productos de  creación extranjera, ciertamente pueden  afectar el empleo y las  ganancias de muchos más de los que supuestamente están siendo ayudados con estas barreras para el comercio internacional. Si los proveedores extranjeros de bienes ganan menos dólares por negociar en América, esto reduce su habilidad financiera para comprar bienes fabricados por Norteamérica que podrían haber querido adquirir, y así impactan negativamente en sectores exportadores de la economía de Estados Unidos. Tales tarifas de importación también  significan  que los consumidores americanos tienen menos bienes para escoger y tienden a pagar precios más altos para los mismos bienes que ellos ahora terminan comprando de manos de productores y vendedores norteamericanos protegidos por  el Gobierno. A largo plazo, todo el mundo tiende a empeorar completamente debido a las  políticas diseñadas por el  gobierno al otorgar  beneficios particulares para algunos segmentos pequeños de todos los que se emplean en la amplia economía del sistema social de división del trabajo. (Vea mi artículo, “Las insensateces Proteccionistas de Trump  amenazan con una una Guerra Comercial”.)

 

Educar para tener una cultura Económica

Mientras tal ignorancia facilita  a demasiados caer víctimas de mal dirigidas y contraproducentes  ideas de política económica, en principio la ignorancia puede corregirse con una detallada educación sobre el funcionamiento del mercado de libre empresa. Las personas pueden ser   educadas para distinguir los efectos directos e indirectos como resultado de sistemas económicos diferentes – el capitalismo, el socialismo, el intervencionista estado de bienestar – y por qué y cómo es que sólo los mercados abiertos y competitivos pueden suministrar la libertad y prosperidad, especialmente cuando el sistema de mercado es eficazmente apuntalado por una filosofía de libertad individual y derechos en un marco institucional de gobierno imparcial ante la ley que asegura libertad para todos y ningún privilegio o favor especial para nadie.

Por experiencia personal en el aula de la universidad, sé que si en  forma clara, pertinente, interesante y persuasiva, son presentadas las ideas y la importancia del capitalismo de mercado libre para asegurar una “buena sociedad”, serán fáciles y comprensibles de enseñar. No quiere decir que de cada estudiante que en el fin del semestre emerja de una clase de economía  surja un partidario del libre mercado. Pero los límites y  dislates de muchas, si no la mayoría, de las intervenciones gubernamentales pueden ser comprendidas por más personas, y muchos podrán apreciar los beneficios del sistema económico competitivo.

 

De acuerdo a mi experiencia, esto es especialmente así cuando el modelo del capitalismo es ofrecido en un ambiente económico “austríaco”, el que enfatiza los límites del conocimiento humano individual, el rol que juega el sistema de precios para coordinar las acciones de multitudes para  el bienestar económico  a través del cálculo económico, y las inevitables  imposibilidades para los planificadores gubernamentales y los reguladores  de alguna vez saber lo suficiente de todo el complejo, disperso y descentralizado conocimiento del mundo, sobre el cuál cualquier sociedad moderna es dependiente, para alguna vez superar exitosamente a la economía de libre mercado.

 

La Educación Económica Comienza con la Propia Superación

La otra tarea educativa es, cuando parece apropiado, compartir las ideas filosóficas y económicas de la sociedad de mercado libre con otros con quienes interactuamos en nuestras vidas a diario. A nadie le gusta un sabelotodo insistente, pero en el almuerzo o cena, por ejemplo, cuando las ideas políticas o de política económica surgen en la conversación, a veces hay oportunidades para ofrecer su propio granito de arena  sobre la libertad, el mercado libre y el rol que debe jugar el gobierno en la sociedad.

Pero como siempre enfatizaba Leonard E. Read (1898-1983), el fundador y por largo tiempo primer presidente de la Fundación para la Educación Económica (FEE en inglés), cambiar el mundo sólo le ocurre a una persona y a una mente a la vez. Y la persona y mente sobre quienes podemos tener la mayor influencia para pensar correctamente sobre tales asuntos somos nosotros mismos. Por consiguiente, prepararse para ayudar a la libertad  de otros comienza con la  autoeducación y la propia superación de nosotros mismos en saber, entender y aprender a articular eficazmente los principios de la libertad y el capitalismo de libre mercado. (Vea mi artículo, “Cómo Ser una Luminaria de Libertad en el Nuevo Año”.)

 

El Anticapitalismo de Arrogancia Intelectual e Ideológica

La segunda causa para mucho del sentimiento anticapitalista en nuestra sociedad es la arrogancia humana. Cada uno de nosotros somos susceptibles a una arrogancia inaudita, a la creencia con respecto a los demás de que sabemos mejor que ellos cómo deberían vivir y actuar. Sin embargo, entre los que son más frecuentemente culpables de tal arrogancia están los intelectuales de la sociedad moderna. Muchas de las mentes de clásica orientación liberal del siglo veinte llamaron la atención sobre esto, incluyendo a Joseph A. Schumpeter y Friedrich A. Hayek.

La peculiaridad de exitoso capitalismo de libre mercado es que generó la suficiente prosperidad que permite  sostener un segmento entero de la población para que simplemente pueda dedicarse a la búsqueda y propagación de ideas. Este segmento incluye a los maestros de escuela primaria, profesores de la educación media y de la universidad, y escritores de “serios” y “populares” diarios, revistas,  periódicos y  libros.

Cuando un escritor de un periódico o  artículo de revista o algún editorial, en algún momento dado afirma que “los críticos” o “los expertos” dicen o aseguran, invariablemente entre ellos  hay “los intelectuales” cuyo papel en la división del trabajo es interpretar, analizar, y poner en duda la manera en que son las cosas y cómo podrían ser de otra para mejorar. Muchos de tales intelectuales, si uno es franco y directo, viven en las “torres de marfil” de la academia y una buena parte o incluso toda la vida en la media informativa  general de comunicación. Saben poco o nada acerca del trabajo real a diario en un negocio, enfrentarse  a una situación apretada para cubrir la nómina de pagos a empleados de una empresa, o la necesidad  de enfocar la atención en las satisfacciones del consumidor de otros para evitar una pérdida y tal vez obtener una ganancia.

Su conocimiento del “capitalismo” es usualmente derivativo, y a veces exclusivamente, de leer a críticos anteriores y a otros contemporáneos de la economía de mercado. Los hombres de negocios son “explotadores” de los trabajadores, “saqueadores” del planeta, los ambiciosos “asesinos” que venderían su propia madre a cambio de un margen adicional de ganancia, y que reducen toda vida humana al más elemental aspecto financiero. No les importa nada “la sociedad,” y hacen sus decisiones de empleo basados en prejuicios e influencia racistas y misóginos. Todo esto cultiva una arrogancia y presunción tales en muchos de estos intelectuales, los “críticos sociales” de la condición humana, que si sólo ellos estuvieran a cargo o si sus consejos fueran seguidos por aquellos que sostienen las riendas del poder político y la toma de decisiones, están convencidos de que el mundo podría hacerse mucho mejor.

 

De Jouvenel señala  Tres Razones para el Anticapitalismo

El filósofo social francés Bertrand de Jouvenel (1903-1987), abordó este asunto en su obra “La Actitud de los intelectuales hacia la Economía de Mercado.” Primero, para esos intelectuales, la economía de mercado es “desordenada,” es decir, consideran los resultados del mercado y aseveran cómo serían mucho mejor los patrones, relaciones y los resultados de la sociedad si sólo hubiera alguien a cargo – el planificador gubernamental, el regulador, el redistribuidor – para generar el resultado “socialmente justo” y económicamente moral que claramente el mercado no genera ni puede proveer cuándo es liberado a sus propios dispositivos desencadenados.

La segunda crítica es que la economía de mercado exalta y satisface los valores equivocados. Seguramente, no necesitamos otra marca de pasta dentífrica o un par nuevo y mejorado de tenis cuando los recursos de la sociedad (a través del control de gobierno y la redistribución) podrían ser mejor invertidos en “alimentar a los hambrientos,” o subsidiar la paternidad planificada, o pagar por más clases en la universidad, o por qué los géneros son categorías imaginarias impuestas por capitalistas blancos masculinos para maltratar a los débiles y “marginados.”

Y tercero, dice De Jouvenel, ahí está el resentimiento implícito en muchos intelectuales: que la economía de mercado les coloca en desventaja. ¿Cuál es esa desventaja? Que el mercado recompensa a las personas por proveer las carestías de todos los días, “los de más abajo” entre los consumidores desinformados y manipulados, en vez de a ellos, los intelectuales, quienes le dedican sus vidas a las “grandes ideas” – lo bello, lo justo, lo bueno, lo mejor – pero que tienen poco o ninguno del reconocimiento o el ingreso de los billonarios hombres de negocios, los que hicieron su fortuna persuadiendo a fácilmente manipulados propietarios de casas de que realmente necesitaban su grifo “diseñado”  para el  cuarto de baño.  ¡Qué depravación moral que el hombre que pudo haber sido el próximo gran compositor de música del mundo tenga que rebajarse a ganarse la vida en la economía de mercado escribiendo contagiosas melodías para anuncio comercial por televisión!

 

La Privatización de las escuelas para Reducir la Arrogancia de los intelectuales

Institucionalmente, uno de los remedios a largo plazo más importantes para evitar la constante inculcación y cultivo de tales ideas y actitudes anticapitalistas en las jóvenes mentes es la privatización de la educación, desde kindergarten hasta el doctorado universitario. Mientras este tipo de intelectuales pueda vivir del dinero tributado por otras personas en apartadas islas académicas de socialismo educativo, nunca serán expulsados de sus áreas protegidas, sobre las que ejercen un control casi de monopolio, y actuando impunemente sobre las mentes de una generación tras otra de estudiantes.

¿Cuántos padres querrían pagar directamente por tantas universidades y cursos universitarios embrutecedores, especialmente en las ciencias sociales y humanidades,  que a menudo se vuelven poco más que campos de  adoctrinamiento ideológico de las ideas de lo “políticamente correcto” y las fantasías de la colectivista “justicia social”? Muy pronto la competencia educativa basada en el mercado  dejaría en claro si esas son las ideas que los padres y los estudiantes quieren que se les ofrezca y enseñe como elección entre las materias académicas del resumen profesional, como puntos de apoyo para sus carreras después de graduarse, o si de tales nociones de pensamiento masificado que pasa por profundidad “posmoderna”, sería la  educación cultural de que esos que lo pagan realmente desearían para su propia educación y la de sus hijos.

El primer paso para introducir diversidad realmente intelectual en la educación sería poner final a la concesión de licencias de maestro en todas las escuelas privadas y estatales de base. Los sindicatos de maestros y las procesadoras de postgrado de educación actualmente tienen un monopolio sobre quién puede enseñarle a esas jóvenes e impresionables mentes mucho antes de que algunos de ellos puedan acudir a la universidad. Una competencia de mercado abierto para maestros ofrecería diversas técnicas para  el magisterio y el contenido de lo que fuese enseñado.

 

El último y esencial paso sería el fin de toda educación obligatoria del gobierno. Todas las escuelas primarias y secundarias deberían ser privatizadas, ya sea entregándoles las escuelas a los empleados y maestros existentes, explicándoles que ahora son completamente responsables de demostrar a los padres que su resumen profesional y métodos pedagógicos de hecho educarán a sus hijos y los prepararán para el futuro. O las escuelas podrían ser privatizadas a través de liquidaciones en subasta pública para singularizar a compañías auto-sostenibles que quieran comprarlas, o para cadenas de colegios privados queriendo proponerle un nombre de potencial excelencia y calidad, ya sea regional o nacionalmente.

La privatización completa de escuelas  y la educación por largo plazo ofrecería la mejor vía para la creación y el cultivo de una comunidad alternativa de intelectuales y maestros más conscientes de, más orientado a, y más comprensivos hacia la naturaleza y funcionamientos de un sistema de mercado. Esto nunca ocurrirá mientras el monopolio gubernamental de maestros  con licencia en escuelas financiadas por contribuyente puedan tener tal enorme control sobre las ideas ofrecidas la juventud del país. (Vea mi artículo, “socialismo educativo vs. la Educación” de Mercado Libre.)

 

El Anticapitalismo proviene  de la Envidia Socialmente Destructiva

Finalmente, la tercera causa  de las actitudes y los resentimientos anticapitalistas es la envidia. El sociólogo alemán Helmut Schoeck (1922-1993), en su estudio clásico   Envidia: Una Teoría del Comportamiento Social   (1966), hace una distinción clave entre celos y envidia. Los celos se refieren a un deseo o  anhelo que el éxito o la buena fortuna de otro, en lugar de para ese otro hubiesen sido para usted. Usted puede considerar que el éxito de otra persona o buena fortuna fue correctamente o en buena ley  ganada o no, pero su respuesta razonada y emocional es que él logró o  adquirió algo que a usted le gustaría tener o que en un mundo más justo pudo o habría podido ser de usted.

 

La envidia es algo diferente, aseguró Schoeck. En este caso, la persona envidiosa acepta de mala gana el éxito o el logro de otro. Es un deseo o anhelo no tanto de que el otro afortunado obtuviera ese éxito o ese logro, sino más bien “que la mejor clase de mundo sería uno en el cual ni él, ni el otro individuo, ni el objeto de su envidia fueran logrados. . . Entonces, uno acepta a regañadientes los logros personales o materiales de los otros, pero por regla general estando casi más  empeñado en su destrucción que en su logro.” Ciertamente, y a veces con perversidad, “El hombre envidioso está perfectamente preparado para lastimarse a sí mismo si al hacerlo puede herir o lastimar al objeto de su envidia.” Quedarse tuerto con tal de ver al otro ciego.

 

Ayn Rand (1905-1982) ofreció una idea similar  sobre la envidia en su ensayo “La Edad de Envidia” (1971) en la cual ella sostuvo la opinión que la persona envidiosa es aquella que odia “lo bueno por ser mejor.” O como ella dijera en “La rebelión de Atlas (1957), los envidiosos “no quiera poseer la fortuna de usted, quieren que usted la pierda; no quieren tener éxito, quieren que usted fracase; no quieren vivir, quieren que usted se muera; no desean nada, odian la existencia.”

Schoeck y Rand enfatizan que la persona envidiosa siente o cree que nunca podría hacer o podría lograr exitosamente lo que logró la otra persona objeto de su envidia. Odia y  detesta a ese otro individuo precisamente porque su éxito es una bofetada en  su cara, señalando o recordándole al envidioso sus propias más limitadas cualidades o capacidades. “Si no lo puedo hacer”, se dice, “entonces nadie debería tener la capacidad de hacerlo con las recompensas resultantes”.

Ludwig von Mises también ofreció una versión de la misma idea en su pequeño libro  La Mentalidad  Anti-capitalista (1956). En el sistema de libre mercado, el éxito o el fracaso en gran medida están más determinados por la propia habilidad demostrada  por uno mismo. En los sistemas de sociedad pre capitalistas, usted nacía en una clase o casta social que estaba definida e implementada por la ley o la rígida costumbre. Nunca podría afirmarse que era culpa suya jamás poder ascender  a un nivel de vida más alto, o a un ingreso más elevado. Usted era una “víctima del sistema.” El siervo estaba atado a la tierra y forzado a seguir los pasos y el mismo estatus que se le impuso a su padre  antes que a él msmo.

Bajo el capitalismo, por supuesto siempre hay la oportunidad, o la mala suerte por quiénes resultan ser los padres de uno, de escoger pobremente, o a menudo ocurre simplemente que es el momento inoportuno para estar en el lugar equivocado. Pero mucho más que bajo otros sistemas sociales conocidos en la historia humana, la economía  de  libre  mercado ofrece a los individuos mucha más amplitud y libertad para determinar su propio destino. Usted tiene mayor libertad para buscar una educación, seleccionar una profesión o una ocupación o línea de trabajo, para decidirse en intentar convertirse en un emprendedor y exitoso empresario, para  ahorrar del ingreso y comenzar un negocio o asociarse con otros para hacerlo, y competir con firmas más establecidas si piensa que usted puede satisfacer mejor a los consumidores.

 

Mas, señaló Mises,  también significa que todo ello le recuerda a una persona que cualquier fiasco en la vida o los fracasos por no llegar profesionalmente y financieramente  a la meta que uno había esperado, se deben principalmente a uno mismo. A algunos les cuesta trabajo aceptar y lidiar con esto. Es más fácil de decir que, de no ser por capitalistas ambiciosos, o por la cruda frialdad del sistema de ganancias, o por la muy reñida competencia, se  sería más exitoso.

 

Del Resentimiento a la Envidia y  la Destrucción Social

Pero el resentimiento y el juego de la culpa que Mises consideró parte de la mentalidad anticapitalista, sólo se convierte en la emoción destructiva de envidia cuándo, como Schoeck y Rand afirmaron, algunas personas resienten tanto la naturaleza y los resultados del sistema  de la libre empresa que preferirían verse más pobres a ellos mismos que a otros posiblemente mejor o ricos; y preferirían echar a perder la oportunidad para que alguien tenga una posibilidad  de éxito antes que vivir en un mundo en el cual intentaron pero claramente no pudieron creer que podrían tener éxito; y preferían ver la esclavitud de todos antes que cargar con la responsabilidad de ser libres ellos mismos.

La envidia, como también observó Helmut Schoeck, es una aflicción antigua que siempre infestó la psiquis humana. Durante muchos períodos de historia, la envidia  ha sido una emoción que las presiones sociales requirieron que el individuo la reprima o mantenga escondida fuera de su corazón, siendo impropia de los seres humanos saludables y destructiva de la sociedad si se deja suelta por el mundo.

Pero en nuestra era del colectivismo en sus diversas manifestaciones ideológicas, la arrogancia paternalista y la oscura enfermedad de la envidia pudieron alzar sus feas cabezas en las últimas campañas en contra del capitalismo. Desde la insistencia del discurso de  Obama, dirigida  a los exitosos hombres de negocios, de que ellos realmente “no fueron los que lo lograron,” pasando por la demanda de que la “injusticia” de la desigualdad debe acabarse llevando  abajo el “uno por ciento de los ricos,”  hasta el grito de guerra de que “el privilegio de los blancos” dicta la reconstrucción radical de todas las formas de agrupación humana y la interacción hasta para un mínimo común denominador de estatus del grupo definido por la raza y el género, “los críticos sociales” y elites que diseñan ingenierías sociales  exigen rehacer la sociedad de acuerdo a sus propias delirantes imágenes. Los envidiosos preferirían desarticular a la sociedad humana tal como existe que aceptar una realidad inconsistente con sus sueños de frustrada justicia tribal.

 

Sólo una renovada filosofía del individualismo y  de la economía de libre mercado puede desviar al mundo de estas tres razones agazapadas detrás de la mentalidad anticapitalista de nuestro tiempo.

 

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