Conferencia: Relaciones de igualdad entre Cuba y Estados Unidos de América

El pasado miércoles 25 de octubre de 2017, varios socios del Club de Amistad Cuba-USA desarrollaron la 1ra Conferencia que tuvo por tema: “Relaciones de igualdad entre Cuba y Estados Unidos de América”.

El disertante, Armando Soler, expuso que las relaciones entre potencias y países subdesarrollados sufren una distorsión histórica. Esta deformación emerge desde la plataforma de fundación del nuevo derecho internacional, propulsado principalmente por Estados Unidos de América y apoyado por las principales potencias y aliados victoriosos  en el conflicto mundial que finalizara en 1945. Fue basado en la iniciativa de creación de una plataforma de representación diplomática (la Organización de las Naciones Unidas, ONU), donde tanto países desarrollados como los que no, así como los nuevos países que irían emergiendo del proceso de descolonizador, tuvieran voz y voto y representación en los asuntos mundiales lo más igualitariamente posible.

Este paso en derecho internacional, basado en los principios democráticos occidentales, tuvo su origen en 1940. Por entonces, los Estados Unidos de América, a cambio de su apoyo y peso decisivo en el conflicto bélico que apenas se iniciaba contra las potencias que conformaban el Eje agresor,  (Alemania con sus aliados europeos, Italia y Japón), establecieron como condición ineludible un compromiso por parte de las viejas potencias coloniales europeas (Gran Bretaña, Holanda, Francia), así como sus territorios en ultramar, amenazados o invadidos por el Eje, al fin del dominio y la descolonización gradual de sus territorios en África y Asia. Este documento de compromiso fue conocido como la Carta del Atlántico.

Con el paso del tiempo, la creación y ejercicio continuado de esta plataforma internacional del derecho sufrió una distorsión tendenciosa por ideologías alimentadas con la vieja enfermedad del nacionalismo. En primer lugar,  elude el hecho fundamental de que esta plataforma, donde la inmensa mayoría de los países están representados y tienen voto en las decisiones generales sobre los asuntos del mundo, es el resultado de la iniciativa, esfuerzo y peso mundial de naciones desarrolladas buscando un espacio mundial más democrático y justo. Y en segundo lugar, que esa paridad lograda en la ONU, así como en otras organizaciones mundiales, es un convenio civilizado, pero no una realidad material basada en el peso concreto para el desarrollo de la civilización que de por sí aporta cada país a la civilización y los asuntos mundiales. En esta diferencia abrumadora, las potencias desarrolladas representan el mayor peso y al pensamiento occidental. Para dar un ejemplo de esta aseveración, se puede afirmar que, pese a tener paridad representativa en los organismos mundiales, Gran Bretaña y Gabón, o Dinamarca  y Cuba no tienen el mismo peso para la civilización mundial.

Como resultado de este olvido, en países de pertinaz bajo desarrollo muchas reacciones extremas sobredimensionan el trato condescendiente, de más desarrollo hacia menos, que reciben por parte de grandes potencias. Estos exabruptos ideologizados, que prefieren ignorar la diferencia fundamental  antes expuesta, también  buscan hacer ignorar que en todos los aspectos, el beneficio que recibieron y reciben sus países de la influencia bienhechora en desarrollo de esas potencias es mucho mayor a mediano y corto plazo que los defectos y lesiones que precisamente la marcada diferencia entre uno y otro grupo puedan provocarles a ellos o al desarrollo progresivo de la Humanidad. Lamentablemente, estos sectores extremistas logran aunarse y presionar  determinadas visiones mundiales precisamente utilizando en alianzas el voto que se les asignó en las organizaciones internacionales. Esta práctica persiste hoy día, manejada por intereses muy estrechos que provocan los mismos atrasos y conflictos que aseguran querer hacer desaparecer.

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